Thursday, April 12, 2012

HACIA UNA PATRIA LITERARIA


Objetivo: Incentivar en los estudiantes salvadoreños, el hábito a la lectura y el amor a su Patria, mediante el estudio de obras y autores nacionales, aplicando técnicas de animación, análisis y comprensión lectora.

  • CÍRCULO DE LECTURA DE SOYAPANGO.

Ciclo III: Del 14 de abril al 28 de julio de 2012.
Género: Narrativa.
Obra: "Leamos lo nuestro", compilación de escritores salvadoreños.
Orientado a: Estudiantes de Plan Básico de Soyapango.
Sesiones: Sábados.
Horario: 3:30 a 5:00 P.M.
Lugar: Casa de la Cultura de Soyapango.
Dirección: 1a. Av. Nte., Guardería Municipal, Soyapango, San Salvador, El Salvador, C.A.

Inscripción: Gratuita.


  • CÍRCULO DE LECTURA DE SUCHITOTO


Ciclo: Del 20 de abril al 27 de julio de 2012.
Género: Narrativa.
Obra: "Leamos lo nuestro", compilación de escritores salvadoreños.
Orientado a: Estudiantes de Plan Básico de Suchitoto.
Sesiones: Viernes.
Horario: 2:30 a 4:30 P.M.
Lugar: Casa de la Cultura de Suchitoto.
Dirección: Calle a Cinquera, ex-edificio CENTA, Suchitoto, Depto. de Cuscatlán, El Salvador, C.A.

Inscripción: Gratuita.


  • Invitan:
    Iniciativa para el Desarrollo Estudiantil Salvadoreño (IDES).
    Proyecto Patria Literaria (PPL).

    "Hacia una Patria Grande por la cultura y la educación"

Trino de torogoz eterno



"La esperanza es, un faro iluminando al mundo, un libro esperando ser leído, un trino de torogoz eterno, un vivir sonriendo, un vivir soñando".

Néstor Danilo Otero.
Soyapango, Octubre 2004.

Saturday, April 07, 2012

ATLAHUNCA


El teponahuatista de la corte de Atlacatl, roba a la princesa Cipactli.

Miguel Ángel Espino
Mitología de Cuscatlán.


Entre el oro, la corte reía. Bajo aquel desfile de música y plumas se estaba muriendo la pobre princesa. Ya el rey no escuchaba sus risas sonoras, y estaba muy triste, se estaba muriendo, se estaba muriendo de tanto llorar. La laguna verde de aguas estancadas, en su playa blanca, a la luz de la luna la oía llorar. Allá, en el boscaje perdida y huraña, gustaba en las tardes de fiesta y de baile, llorar bajo toldos de lirios en flor. Estaba muy triste, la corte no oía su risa sonora poblar de armonías el rudo festín. De noche y de día, lloraba, lloraba, lloraba. ¿Por qué la princesa se estaba muriendo?
La luna no más lo sabía. Desde aquella tarde, desde aquella noche, la princesa ya no se reía.
Lo había mirado, lo había querido; ¡Atlahunca cantaba tan dulce! En la corte triunfaba cubierto de flores su teponahuaste. Veía, con celos, al joven moreno de lacios cabellos y mirada ardiente a quien todas las bocas sonríen, por valles y montes, hermosas mujeres suspiran por él. Cruzando montañas ha cantado siempre sobre las ventanas de los calicantos dolientes canciones de amor. Por eso lloraba. Desde aquella tarde, Cipactli escuchaba los versos que Atlahunca le había cantado.

Tengo un río de oro,
un lago que canta
y una flor que llora,
un pájaro que vuela
y una estrella que mira,
pero esa flor que llora y ese lago que canta
y la estrella que mira
no cantan ni miran como miran tus ojos.

Desde aquella tarde, desde aquella noche, Cipactli lloraba a la luz de la luna. Desde aquella tarde se estaba muriendo y el día y la noche pasaba llorando.
La corte pasea su lujo, pasea sus armas, pasea sus oros.
Pero Atlahunca está triste.
La princesa Cipactli se muere, no come, no duerme... y no tiene nada.
Ya no se casa con el señor de Tehuacán. No puede, no come, no duerme.
Pero el señor es bravo. Sus terribles guerreros esperan. Ha puesto su término, y deben casarse ese día.
La princesa está triste. La princesa se muere.
En la noche los guardias oían la música triste, la música lenta, la música dulce de un teponahuaste. El castillo se yergue altanero a la luz de la luna.
Los guardianes han visto la sombra de un joven que pasa cantando los versos de un lago que canta y de una flor que llora. Y se oían las notas de un teponahuaste.
Pero nadie sabía. La luna no más lo miraba y no lo contaba.
Cuando el joven cantaba los versos de la flor que llora, una mano asomaba en la torre más alta del negro castillo de piedra.
La luna no más lo sabía. La princesa ya no estaba triste. Reía... En la noche ya no estaba enferma.
La luna no más lo sabía que la mano aquella deshojaba flores, y que el joven del teponahuaste lloraba.
Una noche los guardias quizás se durmieron.
En la torre aquella del negro castillo de piedra no estaba la pobre princesa. ¿Se la habrían robado las nubes? La luna no más lo sabía.
Sabía que el joven había llegado, que había cantado. Que por una cuerda había bajado... la pobre princesa, la pobre, la enferma, la triste. Reía. Reía. Reía. Y después... La selva cubría a la luz el sendero.
Después... el señor de Tehuacán espera. Se busca a Cipactli. Se escruta, se piensa.
Y después... Atlahunca no canta en la corte. ¿Se lo habrían robado, quizás las estrellas?
La luna no más lo sabía. El señor de Tehuacán moría de cólera, pero ella reía y no lo contaba.
Un día trajeron a Atlahunca. Venía Cipactli amarrada.
Y los condenaron.
El santuario de Mictlán decía: "En el bosque hay fieras. Irás a decir tus pecados. Y si te perdonan no te comerán".
Y fue la princesa con el bello joven del teponahuaste.
Ya todo dormía. La luna brillaba en el cielo.
Y la selva quieta traía rumores de bestias dormidas.
Un buen tigre venía brincando para oír los pecados.
Y se hincaron llorando.
Pero antes había cantado el joven moreno del teponahuaste, los versos tan dulces del lago que canta y de la flor que llora.
Y se hincaron llorando. Juntaron los labios. El tigre venía saltando.
¿Los pecados? —se habían besado.
Cuentan que el tigre se rió como un loco del pecado aquel.
En la corte brillan hermosas mujeres. Cipactli no llega. Atlahunca no ha vuelto. ¿Los perdonaría aquel tigre austero que llegó saltando, y al oír el pecado reía?
La luna no más lo sabía y no lo contaba. Cómo aquella mano que de la alta torre del negro castillo deshojaba flores, cómo aquella niña que bajó llorando y se fue corriendo, tampoco decía.
Pero entre los ruidos de la inmensa corte, Cipactli no ríe, y Atlahunca, se fue con las nubes o con las estrellas y aún no ha venido.

Monday, April 02, 2012

DANZA RITUAL EN HONOR DE CHICONCOAT


Pedro Geofroy Rivas.


Tiembla la tierra.
Ya comienza la danza.

Que un viento de alegría hinche los caracoles.
Canten las chirimías un canto de alabanza.
Marquen los teponaztles el ritmo trepidante.
Que todos los guerreros golpeen sus escudos
y hagan sonar los cascabeles que adornan sus tobillos.

¡Venid, venid!
¡Ya comienza la danza!
Que los altos penachos
estremezcan el aire con delirio de plumas.
Que salgan las mujeres sagradas
y bailen sobre el ara de los sacrificios.
Que sus desnudos torsos se cubran de sudor
-¡oh licor deleitoso!-
y sus labios nos brinden saliva perfumada
con semillas de bálsamo.

Que el pedernal sagrado
abra los pechos de cuatro mil doncellas.
Que los virginales corazones,
como flores vivientes,
caigan a los pies de Nuestra Madre,
la Alta Flor Amarilla,
la del divino Muslo.

¡Danzad, danzad!
¡Golpead sobre la tierra!
¡Rasgad los atavíos!

¡Se está quemando el corazón del agua,
oh Escogidos!

¡Danzad, danzad, Señores de la Tierra!
saludad a la Reina que llega.
Inclinad la cabeza
frente a la Montaña de los Alaridos.

Danzad, danzad en la ribera
donde el agua se pinta de amarillo.

¡Danzad, danzad, oh Príncipes!
levantad las banderas
sobre la obsidianas de las lanzas.
¡Que se rompan los dardos!

Saturday, March 31, 2012

LA SIRENA DEL LAGO DE ILOPANGO

Foto: Lago de Ilopango.


Historias de mi pueblo. (1996).

Néstor Danilo Otero.


Hace muchos años, me contó mi abuelo, en un pueblecito de mi amada patria, llamado, Tenancingo, vivió una familia que por generaciones se había dedicado a la pesca artesanal, hasta que les acaeció una historia que los marcaría para siempre. Y fue el suceso de que Pedro, el menor de cinco hermanos, todos pescadores, había desaparecido en las mansas aguas del Lago de Ilopango, en una noche de verano y luna llena, de una de las dos canoas, que llevaban a cabo la pesca. La distancia entre las canoas era apenas de diez metros, cuando en un abrir y cerrar los ojos, sus hermanos, lo perdieron de vista. Era como si el lago se lo hubiera tragado. Al día siguiente, fueron en vanas todas las búsquedas, por lo que el cuerpo de Pedro, no apareció ni vivo ni muerto por ningún lado. Todo el pueblo, lo daba por fallecido. Siendo una población muy religiosa, no faltaron los rezos, las misas, y la respectiva cruz, en el cementerio municipal. - ¿Cómo pudo ser posible?, cuestionaban los familiares y amigos, entre sollozos y lamentos. Una vez pasado el verano, apareció Pedro, sin avisar como agua de mayo. Antes de llegar a su casa, prefirió pasar al rancho de su gran "chero", Felipe. Pasada la admiración de Felipe, éste, lo puso al tanto a Pedro, y le contó que todo Tenancingo, lo daba por ahogado. Después de tomar unos sorbos de café, Pedro empezó a contarle a Felipe todo lo ocurrido, no sin antes pedirle de favor de que le guardara este buen secreto: - Mira, lo que me pasó en el lago de Ilopango, fue algo muy raro, vos bien sabes de que a mí no me gusta echarme los "tragos"...bien sabes que soy un hombre serio.



- Fíjate de que me fui "chuco”, pues, yo miraba que una silueta se movía en el agua. Se trataba de una "cipota" que me llamaba con sus dos manos alzadas, como pidiéndome ayuda. Vos vieras, ¡qué "chula" estaba la jodida!



- ¡Achís!, ¿qué no era la ziguanaba?... Contame, ¿cómo era ella?



- Mira, era rubia, y su cabello color de trigo se le dejaba caer hasta los pechos. Sus ojos azules, reflejo del lago, tenían una mirada hermosamente angelical. Su boca dibujaba un amor. Podría comparar toda su hermosura con la luz de la luna. En lo que traté de acercármele para ayudarla, me jaló, y de un solo envite perdí el sentido. Cuando desperté, estaba atado con unas cadenas, a tres pasos ella, mirándome con gran ternura, en lo que me hacía señas para que comiera. Me hablaba muy fuerte con su pensamiento. Aquél lugar, donde aparecí, era un palacio, recubierto de fino oro. El piso era de exclusiva cerámica. Había servidumbre. Se escuchaban canciones revestidas de dulzura y todos los días se comía pescado. Fue en ese lugar que reparé que la "cherita" tenía cola de pez. Era mitad mujer, mitad pez. De verdad, ¡cosa muy rara!



- Entonces, se trataba de la sirena…



- ¿Sirena, decís?



- Sí, la sirena del Lago de Ilopango.



- Pueda ser...cada segundo, en el palacio de aquella dama, se hinchaba hasta durar una eternidad.



- Y... ¿cómo fue que saliste de ese lugar?



- Fíjate que una de las sirvientas de la dizque sirena me ayudó a salir. Me preguntó si me quería ir, a lo que le contesté que sí. Me dijo además, de que me iba ayudar a salir, pero con la condición de que no contara nada a nadie de lo que había visto, porque sino moriría a los siguientes tres meses de contarlo.



- ¡Ja, ja, ja!, ¿cómo así?



- ¡Así me dijo la condenada!



Aprovechamos un instante en lo que la sirena dormía. La sirvienta me enseñó una escalera que estaba escondida y me dijo que no hiciera ruido, para no despertar a su patrona. Cuando llegué a la cima del palacio, fue como si pasara de una dimensión a otra. Al ratito ya estaba en la superficie, pidiendo auxilio en la Isla de los Patos. Unos pescadores de turno me rescataron.



***
Pedro regresó a casa, con la compañía de Felipe, quien le ayudó a explicarles a su madre y hermanos, lo que había ocurrido. ¡Claro!, ayudándole a decir, medias verdades, medias mentiras, a fin de procurarle el secreto a Pedro. Sin embargo, a los pocos días, el secreto de Pedro, era el secreto de todo el pueblo de Tenancingo, porque este se transmitió de confianza en confianza, entre amigos y familiares. Curiosamente, Pedro H., murió en aquel pueblo, de una desconocida enfermedad, exactamente a los tres meses de haber llegado a su tierra natal y de haber contado su instancia en el palacio de la sirena del Lago de Ilopango. ¿Veraz o no esta historia?...lo más importante es que forma parte de las historias de mi pueblo.

Friday, March 30, 2012

LA BOTIJA

Cuentos de Barro.
Autor: Salarrué.

José Pashaca era un cuerpo tirado en un cuero; el cuero era un cuero tirado en un rancho; el rancho era un rancho tirado en una ladera. Petrona Pulunto era la nana de aquella boca:
-¡Hijo: abrí los ojos, ya hasta la color de qué los tenes se me olvidó!.... José Pashaca pujaba, y a lo mucho encogía la pata.
-¿Qué quiere mamá?.
-¡Qués necesario que te oficiés en algo, ya tás indio entero!
-¡Agüen!....Algo se regeneró el holgazán: de dormir pasó a estar triste, bostezando.
Un día entró Ulogio Isho con un cuenterete. Era un como sapo de piedra, que se había hallado arando. Tenía el sapo un collar de pelotitas y tres hoyos: uno en la boca y dos en los ojos.
-¡Qué feyo este baboso!- llegó diciendo. Se carcajeaba, meramente el tuerto Cande!....Y lo dejó, para que jugaran los cipotes de la María Elena. Pero a los dos días llegó el anciano Bashuto, y en viendo el sapo dijo:
-Estas cositas son obras donantes, de los agüelos de nosotros. En las aradas se encuentran catizumbadas. También se hallan botijas llenas dioro.....
José Pashacase dignó arrugar el pellejo que tenía entre los ojos, allí donde los demás llevan la frente.
-¿Cómo es eso, ño Bashuto?.... Bashuto se desprendió del puro, y tiró por un lado una escupida grande como un caite, y así sonora.
-Cuestiones de la suerte, hombré. Vos vas arando y ¡plosh!, de repente pegas en la huaca´, y yastuvo; tihacés de plata.
-¡Achís!, ¿en veras, ño Bashuto?
-¡Comolóis!.
Bashuto se prendió al puro con toda la fuerza de sus arrugas, y se fue en humo. Enseguiditas contó mil hallazgos de botijas, todos los cuales "el bía prisenciado con estos ojos". Cuando se fue, se fue sin darse cuenta de que, de lo dicho, dejaba las cáscaras. Como en esos días se murió la Petrona Pulunto, José levantó la boca y la llevó caminando por la vecindad, sin resultados nutritivos. Comió majonchos robados, y se decidió a buscar botijas. Para ello, se puso a la cola de un arado y empujó. Tras la reja iban arando sus ojos. Y así fue como José Pashaca llegó a ser el indio más holgazán y a la vez el más laborioso de todos los del lugar. Trabajaba sin trabajar -por lo menos sin darse cuenta- y trabajaba tanto, que a las horas coloradas le hallaban siempre sudoroso, con la mano en la mancera y los ojos en el surco. Piojo de las lomas, caspeaba ávido la tierra negra, siempre mirando al suelo con tanta atención, que parecía como si entre los borbollos de tierra hubiera ido dejando sembrada el alma. Pa que nacieran perezas; porque eso sí, Pashaca se sabía el indio más sin oficio del valle. Él no trabajaba. Él buscaba las botijas llenas de bambas doradas, que hacen "¡plocosh" cuando la reja las topa, y vomitan plata y oro, como el agua del charco cuando el sol comienza a ispiar detrás de lo del ductor Martínez, que son los llanos que topan el cielo.
Tan grande como él se hacía, así se hacía de grande su obsesión. La ambición más que el hambre, le había parado del cuerpo y lo había empujado a las laderas de los cerros; donde aró, aró, desde la gritería de los gallos que se tragan las estrellas, hasta la hora en que el güas ronco y lúgubre, parado en los ganchos de la ceiba, puya el silencio con sus gritos destemplados. Pashaca se peleaba las lomas. El patrón, que se asombraba del milagro que hiciera de José el más laborioso colono, dábale con gusto y sin medida luengas tierras, que el indio soñador de tesoros rascaba con el ojo presto a dar aviso en el corazón, para que este cayera sobre la botija como un trapo de amor y ocultamiento. Y Pashaca sembraba, por fuerza, porque el patrón exigía los censos. Por fuerza también tenía Pashaca que cosechar, y por fuerza que cobrar el grano abundante de su cosecha, cuyo producto iba guardando despreocupadamente en un hoyo del rancho por siacaso. Ninguno de los colonos se sentía con hígado suficiente para llevar a cabo una labor como la de José. "Es el hombre de Jierro", decían; "ende que le entró a saber qué, se propuso hacer pisto. Ya tendrá una buena huaca...." Pero José Pashaca no se daba cuenta de qué, en realidad, tenía huaca. Lo que él buscaba sin desmayo era una botija, y siendo como se decía que las enterraban en las aradas, allí por fuerza la incontraría tarde o temprano. Se había hecho no sólo trabajador, al ver de los vecinos, sino hasta generoso. En cuanto tenía un día de no poder arar, por no tener tierra cedida, les ayudaba a los otros, les mandaba descansar y se quedaba arando por ellos. Y lo hacía bien: los surcos de su reja iban siempre pegaditos, chachadas y projundos, que daban gusto.
-¡Onde te metés babosada. Pensaba el indio sin darse por vencido.
-Y tei de topar, aunque no querrás, así mihaya de tronchar en los surcos.
Y así fue; no del encuentro, sino lo de la tronchada. Un día, a la hora en que se verdeya el cielo y en que los ríos se hacen rayas blancas en los llanos, José Pashaca se dió cuenta de que ya no había botijas. Se lo avisó un desmayo con calenturas; se dobló en la mancera; los bueyes se fueron parando, como si la reja se hubiera enredado en el raizal de la sombra. Los hallazgos negros, contra el cielo claro, voltiando a ver el indio embruecado y resollando el viento oscuro. José Pashaca se puso malo. No quiso que naide lo cuidara. "Dende que bía finado la Petrona, vivía íngrimo en su rancho".
Una noche, haciendo juerzas de tripa, salió sigiloso llevando, en un cántaro viejo, su huaca. Se agachaba detrás de los matochos cuando óiba ruidos, y así se estuvo haciendo un hoyo con la cuma. se quejaba a ratos, rendido, pero luego seguía con bríos su tarea. Metió en el hoyo el cántaro, lo tapó, bien tapado, borró todo rastro de tierra removida y alzando sus brazos de bejuco hacia las estrellas, dejó liadas en un suspiro estas palabras:
-"¡Vaya; pa que no se diga que ya nuai botijas en las aradas!"...

Monday, March 26, 2012

SONETO ÍNTIMO A SIMÓN BOLÍVAR


Simón Bolívar. Libertador de América.

Autor: Oswaldo Escobar Velado.


Bolívar, te regalo mi camisa

y te invito a mi mesa de hombre triste,

mesa sin pan, sin lámpara y sin risa

nacida del dolor que tú sentiste.



En esta casa ajena ya no hay brisa

y hasta el dorado sol casi no existe;

y aquí en mi patria amarga sin sonrisa

estoy en el exilio que tuviste.



Pero tengo esperanza de que vengas,

que nuestra justa lucha la sostengas

para llenar al hombre de alegrías.



Entonces en la Patria que soñamos

todos los que luchando te esperamos

te veremos nacer todos los días.

Friday, March 23, 2012

San Romero de América vive


Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez.

“Es inconcebible que se diga a alguien «cristiano» y no tome como Cristo una opción preferencial por los pobres”, palabras de Monseñor, en su homilía del 9 de septiembre de 1979.

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